Luego, le tocó a él. No tuvieron que empujarlo ni arrastrarlo. Dando los cortos pasitos que le permitían las amarras de los tobillos, fue por su cuenta hacia los cocoteros donde yacían sus amigos, agradeciendo a Dios que le hubiera permitido estar con Él en sus últimos momentos, y diciéndose con cierta melancolía que no conocería nunca Basquinta, aquel pueblecito libanés de donde, para conservar su fe, salieron los Sadhalá a buscar fortuna por estas tierras del Señor.